Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de octubre de 2015

C. S. Lewis: La Experiencia de Leer













La Experiencia de Leer (extracto)


En este ensayo propongo un experimento. La función tradicional de la crítica literaria consiste en juzgar libros. Todos los juicios sobre la forma en que las personas leen los libros son un corolario de sus juicios sobre estos últimos. El mal gusto es, digamos, por definición, el gusto por los malos libros. Lo que me interesa es ver qué sucede si invertimos el procedimiento. Partamos de una distinción entre lectores, o entre tipos de lectura, y sobre esa base distingamos, luego, entre libros. Tratemos de ver hasta qué punto sería razonable definir un buen libro como un libro leído de determinada manera, y un mal libro como un libro leído de otra manera.
Creo que vale la pena intentarlo porque, en mi opinión, el procedimiento normal entraña casi siempre una consecuencia incorrecta. Si decimos que a A le gustan las revistas femeninas y a B le gusta Dante, parece que gustar signifique lo mismo en ambos casos: que se trate de una misma actividad aplicada a objetivos diferentes. Ahora bien: por lo que he podido observar, al menos en general, esta conclusión es falsa.
Ya en nuestra época de escolares, algunos de nosotros empezamos a reaccionar de determinada manera ante la buena literatura. Otros, la mayoría, leían, en la escuela, The Captain, y, en sus casas, efímeras novelas que encontraban en la biblioteca circulante. Sin embargo, ya entonces era evidente que la mayoría no «gustaba» de su dieta igual que nosotros de la nuestra. Y sigue siendo así. Las diferencias saltan a la vista.
En primer lugar, la mayoría nunca lee algo dos veces. El signo inequívoco de que alguien carece de sensibilidad literaria consiste en que, para él, la frase «Ya lo he leído» es un argumento inapelable contra la lectura de un determinado libro. Todos hemos conocido casos de mujeres cuyo recuerdo de determinada novela era tan vago que debían hojearla durante media hora en la biblioteca para poder estar seguras de haberla leído. Pero una vez alcanzada esa certeza, la novela quedaba descartada de inmediato. Para ellas, estaba muerta, como una cerilla quemada, un billete de tren utilizado o el periódico del día anterior: ya la habían usado. En cambio, quienes gustan de las grandes obras leen un mismo libro diez, veinte o treinta veces a lo largo de su vida.
En segundo lugar, aunque dentro de esa mayoría existan lectores habituales, éstos no aprecian particularmente la lectura. Sólo recurren a ella en última instancia. La abandonan con presteza tan pronto como descubren otra manera de pasar el tiempo. La reservan para los viajes en tren, para las enfermedades, para los raros momentos de obligada soledad, o para la actividad que consiste en «leer algo para conciliar el sueño». A veces la combinan con una conversación sobre cualquier otro tema, o con la audición de la radio. En cambio, las personas con sensibilidad literaria siempre están buscando tiempo y silencio para entregarse a la lectura, y concentran en ella toda su atención. Si, aunque sólo sea por unos días, esa lectura atenta y sin perturbaciones les es vedada, se sienten empobrecidos.
En tercer lugar, para esta clase de personas, la primera lectura de una obra literaria suele ser una experiencia tan trascendental que sólo admite comparación con las experiencias del amor, la religión o el duelo. Su conciencia sufre un cambio muy profundo. Ya no son los mismos. En cambio, los otros lectores no parecen experimentar nada semejante. Cuando han concluido la lectura de un cuento o una novela, a lo sumo no parece que les haya sucedido algo más que eso.
Por último, y como resultado natural de sus diferentes maneras de leer, la minoría conserva un recuerdo constante y destacado de lo que ha leído, mientras que la mayoría no vuelve a pensar en ello. En el primer caso, a los lectores les gusta repetir, cuando están solos, sus versos y estrofas preferidos. Los episodios y personajes de los libros les proporcionan una especie de iconografía de la que se valen para interpretar o resumir sus propias experiencias. Suelen dedicar bastante tiempo a comentar con otros sus lecturas. En cambio, los otros lectores rara vez piensan en los libros que han leído o hablan sobre ellos.
Parece evidente que, si se expresaran con claridad y serenidad, no nos reprocharían que tengamos un gusto equivocado sino, sencillamente, que armemos tanta alharaca por los libros. Lo que para nosotros constituye un ingrediente fundamental de nuestro bienestar sólo tiene para ellos un valor secundario. Por tanto, limitarse a decir que a ellos les gusta una cosa y a nosotros otra, equivale casi a dejar de lado lo más importante. Si la palabra correcta para designar lo que ellos hacen con los libros es gustar, entonces hay que encontrar otra palabra para designar lo que hacemos nosotros. O, a la inversa, si nosotros gustamos de nuestro tipo de libros, entonces no debe decirse que ellos gusten de libro alguno. Si la minoría tiene «buen gusto», entonces deberíamos decir que no hay «mal gusto»: porque la inclinación de la mayoría hacia el tipo de libros que prefiere es algo diferente; algo que, si la palabra se utilizara en forma unívoca, no debería llamarse gusto en modo alguno.
Aunque me ocuparé casi exclusivamente de literatura, conviene señalar que la misma diferencia de actitud existe respecto de las otras artes y de la belleza natural. Muchas personas disfrutan con la música popular de una manera que es compatible con tararear la tonada, marcar el ritmo con el pie, hablar y comer. Y cuando la canción popular ha pasado de moda, ya no la disfrutan. La reacción de quienes disfrutan con Bach es totalmente diferente. Algunas personas compran cuadros porque, sin ellos, las paredes «parecen tan desnudas»; y, a la semana de estar en casa, esos cuadros se vuelven prácticamente invisibles para ellas. En cambio, hay una minoría que se nutre de un gran cuadro durante años. En cuanto a la naturaleza, la mayoría «gusta de una bonita vista, como cualquier persona». Les parece muy bien. Pero tomar en cuenta el paisaje para elegir, por ejemplo, un sitio de vacaciones —darle la misma importancia que a otras cosas tan serias como el lujo del hotel, la excelencia del campo de golf y lo soleado del clima—, eso ya les parece rebuscado. No parar de hablar de él, como Wordsworth, ya sería un disparate.




C. S. Lewis, Belfast 1898- 1963
La Experiencia de Leer, 1961, Alba editorial





miércoles, 17 de septiembre de 2014

¿Regreso a las Fuentes?











A Yeats no le faltaron consejos cuando se embarcó en su proyecto. Muchos le advirtieron que el anhelo nacional de una forma sólo podía satisfacerse con el regreso a la lengua nativa. Pero el idioma irlandés llevaba siglos declinando. Desde 1650 en adelante, aproximadamente, había dejado de ser un  medio en el que fuera posible una vida intelectual, convirtiéndose en la lengua de los pobres y, en realidad, en una marca concluyente de su pobreza. El establecimiento de las Escuelas Nacionales en la década de 1830 (escuelas en las que el inglés era tanto el tema principal como el único vehículo de instrucción) asestó otro duro golpe, al igual que la insistencia de O'Connell en que a los niños se les enseñara  inglés, por ser un idioma más conveniente para el mundo moderno de los negocios, la actividad profesional y, por supuesto, la posible emigración. No obstante, puede decirse que el daño más grande lo hizo la Hambruna.
Tan pronto como la muerte del idioma irlandés pareció un hecho probable, se fundaron diversas asociaciones de estudios antiguos, creadas en muchos casos por caballeros protestantes que deseaban afirmar los rasgos distintivos de la cultura gaélica, aún cuando sus actividades profesionales privadas a menudo servían paa profundizar la integración con Gran Bretaña. En la década de la Hambruna surgió un número sorprendente  de esas instituciones, incluidas la Sociedad  Arqueológica  (1840) y la Sociedad Céltica (1845); no obstante, ninguna de ellas estaba comprometida con la preservación o el restablecimiento de la lengua irlandesa. El interés era estrictamente anticuario: se coleccionaban  manuscritos, se estudiaban y traducían, pero eso era todo. De la Unión Gaélica, todavía activa a finales del siglo diecinueve, se observó cáusticamente que sus debates y publicaciones se efectuaban en inglés. Ninguna de estas consideraciones mermó el ardor de aquellos que predicaban un "regreso a las fuentes", posible únicamente con la energía y el potencial de la lengua de los ancestros. En la vereda opuesta estaban los que defendían una mayor integración con Gran Bretaña, en ese momento en el pináculo de la estructura del mundo moderno: éstos sostenían que Irlanda sólo podía convertirse en un estado a través de un cosmopolitismo como el que ellos profesaban. Expuesto de esta forma, podría parecer que el debate se planteó en los términos familiares de tradición versus moderidad, pero no fue así, en realidad: a un nivel más profundo, más interesante, lo que que se discutía era cómo modernizarse mejor.
La modernidad, después de todo, no era un estado que los irlandeses pudieran elegir o rechazar a voluntad: ser irlandés era ser moderno, por cuanto los irlandeses estaban buscando un para sí mismos después de un período de caos y perturbación. La crisis había sido transferida del centro imperial a la periferia colonial, donde la drástica yuxtaposición de riqueza y pobreza , de lo avanzado y lo primitivo, estaba a la orden del día. Inglaterra podía aislarse de muchos conflictos que emergían y enfrentarlos luego a una distancia más segura, en sus colonias: el problema era que, muy a menudo,  los ingleses no entendían los debates de las colonias en los términos propios de las mismas. Los historiadores y comentaristas ingleses traducían el desafío planteado por la Liga Gaélica según el viejo binarismo conocido de tradición versus modernidad, rural versus urbano, cultura versus industria. Los irlandeses, sin embargo, no veían para nada las cosas de esa manera: si ese análisis hubiera sido válido, sencillamente habrian hecho causa común con los elementos más retrógrados y conservadores de la tradición aristocrática inglesa. Por el contrario, habían aprendido de Thomas Davis la vital relación que había entre cultura e industria, y optaban entonces por una filosofía inclusiva antes que por el binarismo "y/o" de la teoría imperial. Efectivamente, la Liga Gaélica quería revivir el idioma irlandés como preludio de un orgullo nacional y una prosperidad económica recuperados, pero sus métodos - la acción democrática masiva, la educación de los trabajadores, la mezcla de los sexos, sobre la base de la igualdad, en cursos gratuitos y escuelas de verano- no tenían nada de conservadores.


de La Invención de Irlanda,  Declan Kiberd, Adriana Hidalgo editora, 2006
Traducción: Gerardo Gambolini